En esta meditación, visualizas tu cuerpo como un árbol: desde el abdomen hacia abajo, sientes la solidez del tronco y la profundidad de tus raíces, ancladas firmemente en la tierra, símbolo de tu fuerza y estabilidad interna. Desde el pecho hacia arriba, imaginas la copa del árbol: ramas flexibles que se mecen con el viento, sensibles a las emociones y a los cambios, pero que no se rompen, sino que bailan con la vida. Esta práctica te ayuda a habitar tanto tu fortaleza como tu sensibilidad, recordándote . . .
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